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Alan Grant: el paleontólogo que consiguió que toda una generación amara a los dinosaurios

Hay personajes que protagonizan una película.

Y hay personajes que acaban formando parte de tu vida.

Para mí, Alan Grant pertenece a ese segundo grupo.

Recuerdo perfectamente la primera vez que vi Jurassic Park. Fue una de las primeras películas que fui a ver al cine con mis padres, en Barcelona. Yo era un niño y, aunque ya me fascinaban los dinosaurios, no estaba preparado para lo que iba a vivir durante aquellas dos horas.

Aquel día no solo vi una película.

Sentí que los dinosaurios habían vuelto a la vida.

Y gran parte de esa magia tuvo un nombre: Alan Grant.

Un protagonista diferente a todos los demás

En una época en la que el cine de aventuras estaba lleno de héroes invencibles, Steven Spielberg nos presentó a un protagonista muy distinto.

Alan Grant no era un soldado.

No era un explorador temerario.

No era un experto en armas.

Era un paleontólogo.

Un científico apasionado por los fósiles, acostumbrado a estudiar criaturas que llevaban millones de años extinguidas. Prefería pasar semanas excavando en el desierto antes que asistir a una fiesta, y nunca pretendía ser el hombre más valiente de la sala.

Quizá por eso resultaba tan auténtico.

Cuando las cosas se complicaban, reaccionaba como lo haría cualquier persona que entendiera el peligro que tenía delante: con respeto, inteligencia y mucha sangre fría.

El momento que cambió el cine

Si hay una escena que define tanto a Alan Grant como a Jurassic Park, es la primera aparición del braquiosaurio.

Grant observa algo imposible.

Se queda completamente inmóvil.

Sin apartar la vista, gira lentamente la cabeza de Ellie Sattler para que vea lo mismo que él.

No hace falta ningún diálogo.

No hace falta explicar nada.

Solo vemos dos científicos contemplando un animal que llevaba más de 65 millones de años extinguido.

Y, al mismo tiempo, millones de espectadores estábamos sintiendo exactamente lo mismo.

Asombro.

Incredulidad.

Emoción.

Aquella escena sigue siendo, más de treinta años después, uno de los momentos más mágicos de la historia del cine.

Sam Neill fue la elección perfecta

Es difícil imaginar a otro actor interpretando a Alan Grant.

Sam Neill consiguió transmitir una mezcla perfecta de inteligencia, curiosidad, serenidad y humanidad.

Nunca necesitó exagerar.

Nunca intentó convertirse en un héroe de acción.

Su interpretación funcionaba porque parecía un científico de verdad.

Cada gesto.

Cada mirada.

Cada reacción.

Todo resultaba creíble.

Y eso era fundamental para que el público aceptara una idea tan imposible como ver dinosaurios caminando sobre la Tierra.

Mucho más que un experto en dinosaurios

Uno de los aspectos más interesantes del personaje es su evolución.

Al principio de la película deja claro que no siente ninguna simpatía por los niños.

Sin embargo, cuando todo se convierte en una lucha por sobrevivir, acaba protegiendo a Tim y Lex como si fueran parte de su propia familia.

No ocurre de un momento para otro.

No es una transformación forzada.

Es un cambio que nace de todo lo que viven juntos.

Y precisamente por eso funciona tan bien.

El hombre que despertó miles de vocaciones

Es imposible saber cuántos paleontólogos existen hoy gracias a Jurassic Park.

Pero sí sabemos que la película despertó una auténtica fiebre por los dinosaurios.

Museos llenos.

Libros agotados.

Documentales.

Juguetes.

Colecciones.

Muchísimos niños empezaron a interesarse por la paleontología después de ver la película.

Y Alan Grant tuvo mucho que ver.

Porque no era un superhéroe.

Era alguien que demostraba que la ciencia también podía ser apasionante.

Un personaje que nunca envejece

Han pasado más de tres décadas desde el estreno de Jurassic Park.

Los efectos especiales siguen impresionando.

La banda sonora de John Williams continúa poniendo la piel de gallina.

Pero, por encima de todo, sigue funcionando gracias a sus personajes.

Y Alan Grant continúa siendo el corazón de la historia.

Cada vez que vuelvo a ver la película, regreso inevitablemente a aquella sala de cine donde la descubrí junto a mis padres.

Recuerdo exactamente la sensación que tuve cuando apareció el primer dinosaurio.

Y me doy cuenta de que no era solo una cuestión de efectos especiales.

Era la forma en la que Sam Neill conseguía transmitir el asombro de alguien que estaba viendo un milagro.

El verdadero legado de Alan Grant

Muchos personajes nos entretienen durante un par de horas.

Muy pocos consiguen acompañarnos durante toda la vida.

Alan Grant no solo nos enseñó nombres científicos ni cómo podía comportarse un velocirraptor.

Nos recordó algo mucho más importante.

Que nunca debemos perder la capacidad de maravillarnos.

Y quizá esa sea la verdadera razón por la que seguimos regresando una y otra vez a Jurassic Park.

Porque durante un instante volvemos a ser aquellos niños que, sentados en una butaca de cine, creyeron que los dinosaurios caminaban de nuevo sobre la Tierra.

Gracias, Sam Neill.

Y gracias, Alan Grant.

Por hacernos creer en lo imposible.

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