Coronavirus contado en primera persona

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Este es un artículo en el que resumo mi experiencia con el coronavirus después de haberlo superado y desde que tuve noticias de su existencia.

Reconozco que al principio no eché demasiada cuenta de aquella extraña enfermedad que había surgido en China y que parecía una neumonía. China estaba demasiado lejos, las autoridades de aquel país tenían y tienen fama de muy estrictas. Seguramente la controlarían sin mayor problema, ¿verdad?

¿Verdad?

Italia está mucho más cerca de España que China. Empecé a preocuparme de verdad cuando los contagios comenzaron a dispararse en el país transalpino. Poco después empezaron a darse en España contagios por coronavirus. Reconozco que, por aquel entonces, a pesar de mi preocupación, eché cuenta de los consejos ministeriales que decían que no era necesario llevar mascarilla y que no era algo tan grave. Solo estuve unos días así, pues cuando pude ver la lista oficial de grupos de riesgo comprobé con horror que estaba incluido. A fecha de hoy, llevo 14 años tomando inmunosupresores por una enfermedad del aparato digestivo.

Recuerdo que durante unos días estuve rememorando muy a menudo el libro «Guerra Mundial Z»; más concretamente la parte inicial, cuando la epidemia zombi se estaba empezando a expandir por el mundo pero el mundo no se lo terminaba de creer a pesar de las evidencias objetivas, al tiempo que los gobiernos mandaban mensajes de tranquilidad y falsa normalidad. También recuerdo más chistes de zombis de los que me gustaría recordar. 

Como ocurría en el libro, fue la época en la que el mundo seguía estúpidamente como si nada al tiempo que se hacía más evidente que algo terrible amenazaba a una humanidad que ignoraba y negaba la veracidad de las voces de alarma. El virus de origen desconocido se iba expandiendo al tiempo que lo hacían las teorías sobre su origen. A continuación mencionaré algunas de las que escuché:

  • Un virus creado en un laboratorio chino que se escapó por la negligencia de alguno de los trabajadores. También existía la versión de esta teoría que decía que había salido por un trabajador contagiado.
  • Un virus creado en un laboratorio chino que fue liberado por orden del gobierno como prueba de arma biológica.
  • Un virus creado por Estados Unidos soltado en China como arma en la guerra que Donald Trump tiene con el país asiático por el 5G y la superioridad tecnológica.
  • Un virus creado por el gobierno chino para declararle la guerra al mundo occidental y en especial a Estados Unidos.
  • Un virus animal que pasó de forma natural a los seres humanos por haber consumido su carne. Si no recuerdo mal, se habló de murciélagos, como en la terroríficamente realista película «Contagio».

Durante los primeros tiempos mostré cierto interés por algunas de ellas, pero según avanzaba la enfermedad comenzó a darme igual. Lo importante ante una situación tal pasa a ser solucionar dicha situación. Cuando ya esté solucionada, será la hora de buscar culpables.

En el ámbito local, y sin pasar todavía de aquella primera época de confusión, debí seguir trabajando de forma presencial en mi empresa. Como medida se seguridad y prevención nos facilitaron rollos de papel de cocina y una botella de Sanitol por campaña, con la orden de limpiar los puestos, que son compartidos, una vez terminásemos nuestra jornada de trabajo. La verdad es que los puestos nunca estuvieron más limpios y desinfectados. Afortunadamente para todos, no pasaron muchos días hasta que la empresa tomó medidas reales para salvaguardar en lo que se pudiera a los trabajadores. A aquellos que formábamos parte de los grupos de riesgo nos enviaron a casa para teletrabajar en primer lugar, a principios/mediados de febrero, y poco a poco a todos los empleados. 

Luego vino el confinamiento total. Mi esposa y yo teletrabajábamos en habitaciones separadas, pero estábamos contentos de poder estar juntos más tiempo a pesar de la situación general. Hacíamos lo que una vez me aconsejó mi querida amiga Inés: Intenta sacar algo bueno absolutamente de todo, aunque sea una tontería y la situación muy mala, porque siempre hay algo bueno en todo. 

Salía lo mínimo imprescindible a la farmacia y el supermercado con todas las precauciones posibles. Procuraba ver poco las noticias, pues todo eran políticos peleando por estupideces y demostrando que la gente les importaba menos que nada mientras el gobierno (como todos los gobiernos del mundo en realidad) daba palos de ciego; demostrando a su vez que no existe previsión alguna ante posibles desastres. 

Por la labor que realizo en mi trabajo, puedo decir que muchísima gente se buscó las mañas para saltarse el confinamiento cuando y como quiso. Al principio me enfadaba por la poca empatía que mostraban, por decirlo amablemente, pero es la miserable naturaleza humana al fin y al cabo, que a día de hoy puede verse principalmente en una juventud que crea revueltas en contra de un necesario toque de queda.

Según pasaba el tiempo y la situación mejoraba aparentemente yo procuraba seguir igual: saliendo lo menos posible y con muchísimo cuidado. Todavía no había conocido a nadie personalmente, gracias a Dios, que hubiera contraído la enfermedad. 

 

Y llegó el buen tiempo, y con él la obligatoria apertura de este bendito país basado en el sector servicios y el turismo. Mi trabajo aumentó como ningún otro año a pesar de no haber festividades. Esto solo hizo que me reafirmara en mi convencimiento de que los únicos culpables de la extensión del virus somos las personas. Yo salí algo más, pues empezaba a necesitar recuperar un poquito de mi vida normal. No lo pongo como excusa. El encierro afecta después de un tiempo por muy bien que se lleve y por muy ermitaño que se sea. Lo mejor de todo fue poder volver a ver a la familia.

El verano fue una sucesión de días eternos que pasan rápidamente, como todos los veranos desde que cojo vacaciones en la segunda quincena de septiembre. Este año fue además una decisión estratégica para poder hacer alguna escapada sabiendo que, fuera donde fuera, habría menos gente. Menos mal que aproveché y disfruté todo lo que pude, porque el mes de octubre iba a traer una desgracia mucho peor que una reincorporación al trabajo.

 

No os puedo decir con seguridad cómo me contagié, porque la vuelta a la rutina significó el regreso a las salidas imprescindibles y ver a poca gente. Estoy convencido que sucedió en el centro de salud, al que tuve que ir personalmente a una consulta con el médico de cabecera a finales de septiembre que, encima, ni siquiera me atendió bien.

El fin de semana del 3 y el 4 de octubre me tocó trabajar. El mismo 3 por la noche comencé a sentirme mal, pero como había coincidido con una bajada repentina de la temperatura, no le di más importancia que a un enfriamiento. El día 4 apareció la fiebre y la preocupación, pero no me sentía muy mal. El día 5 quise ser demasiado valiente y también trabajé a pesar de que seguía febril y me sentía extrañamente cansado. El día 6 fui incapaz de salir de la cama en casi todo el día. 

La fiebre subía demasiado si no tomaba paracetamol, lo único que me había mandado el médico, apenas podía moverme del cansancio extremo que sentía, comencé a tener nauseas, perdí el hambre y comenzó la tos. Mi esposa había venido a casa a teletrabajar y por seguridad comenzamos a comportarnos como si estuviera contagiado del coronavirus.

El día 8 me hicieron la prueba PCR. El 9 me confirmaron el positivo. Efectivamente, había contraído la enfermedad aquella que comenzó en China. Mientras tanto, iba empeorando poco a poco. Apenas comía, de repente debía salir corriendo al servicio para vomitar y lo poco que permanecía despierto lo pasaba tosiendo sin parar cada vez que abría la boca. Al menos no perdí ni el gusto ni el olfato. Mi esposa tuvo la genial idea de comprar un aparato para medir la saturación de oxígeno y lo usaba varias veces al día. El médico de cabecera me llamaba cada dos días, hasta que me recomendó ir a urgencias viendo mi progresivo deterioro.

En el hospital fui testigo de algo que me hizo hervir la sangre. Había MUCHA gente que iba directamente allí sin síntomas solo por si acaso sin llevar mascarilla o llevándola en la mano, hablando de su condición a voz en grito con más risas de las que correspondía. También pude ver con consternación a otra gente que estaba mucho peor que yo. No podía evitar pensar en la posibilidad de llegar a tales estados. Debo añadir también que los pacientes de coronavirus han de permanecer solos, sin acompañamiento de familiares, como medida de seguridad. Es algo perfectamente comprensible, pero si alguno de vosotros ha estado en esa situación sabrá que no ayuda precisamente nada estar solo en una sala de espera de hospital atestada.

Sin embargo, me mandaron para casa. Me dijeron que tenía el pulmón izquierdo un poquito afectado pero que no estaba tan mal, que en mi situación era normal que me sintiera como si una manada de caballos me hubiera pasado por encima. No me mandaron ninguna medicación extra, solo seguir con paracetamol cuando me subiera la fiebre. Ahí, en ese momento, fue cuando comencé a sospechar que en realidad no existe tratamiento contra el Covid, que quien lo vence es por su propio sistema inmunitario. Antes dije que pasé miedo, pero no fue nada comparado con este momento. Miedo por no saber qué iba a pasar, porque, como comenté antes, mi sistema inmunitario lleva casi tres lustros mermado. Miedo, sobre todo, por mis seres queridos. Por desgracia, no es la primera vez que me encuentro mal de verdad por una enfermedad y tengo una experiencia no deseada en afrontar esas situaciones de mucha gravedad en el plano puramente personal.

La situación mejoró levemente porque las nauseas desaparecieron, pero todo lo demás fue a peor. Más tos, más fiebre, más cansancio y menos hambre. En el hospital me comentaron que los oxímetros son bastante útiles y fiables, así que lo seguí usando regularmente varias veces al día. Sirvió para comprobar que la saturación iba bajando poco a poco.

 

No recuerdo exactamente qué día fue, pero durante una llamada del médico de cabecera sufrí tal ataque de tos que necesité unos segundos para recuperar el aliento con dificultad. Me dijo inmediatamente que volviera a urgencias en cuanto pudiera. Medí la saturación de oxígeno y ya iba por 87.

Una vez en el hospital, en la sala de espera y nada más verme en clasificación, decidieron ponerme un suplemento de oxígeno. Lo agradecí sobremanera. Mi esposa me acompañó en esta ocasión, aunque permaneció fuera de urgencias. Pasé las horas de espera mucho más preocupado por ella que por mí mismo. Aunque hablábamos continuamente por Whatsapp, no podía evitar pensar que estaba allí sola. Finalmente, ni siquiera me llamaron una segunda vez a consulta, sino que la médica que me atendió ese día me vino a buscar para decirme que debían ingresarme porque habían visto un principio de neumonía peligroso. 

Confieso que mi esposa y yo nos preparamos mentalmente para el peor de los casos por si llegaba a suceder.

 

En el hospital donde estuve, al menos en aquel momento, ya había 4 plantas para pacientes de Covid. Las habitaciones son para dos pacientes, que deben interactuar lo menos posible y mantener la mascarilla puesta en todo momento. El contacto con los sanitarios es mínimo. Si teníamos que llamar a los enfermeros por cualquier eventualidad debíamos esperar que se vistieran, según nos dijeron. En dos ocasiones mi compañero tuvo que llamar y debió esperar casi una hora a ser atendido. 

Por lo que respecta a mi estancia, me suspendieron la medicación basada en inmunosupresores y me dieron una específica para abrir los pulmones y sanar la neumonía. Cuando pregunté si no me iban a dar nada contra el coronavirus el médico se giró, se despidió y salió de la habitación. Recuerdo perfectamente haber mirado a mi compañero con los ojos como platos y a él diciéndome: «No te van a dar nada porque no hay nada, no tienen ni puta idea de qué hacer porque no hay nada que hacer. Quien se pone bueno por su cuenta, se pone bueno; a quien se pone malo le ponen un respirador a ver si mejora por su cuenta». Entonces, y solo entonces comprendí que mis sospechas eran ciertas y que ese es el verdadero horror del Covid-19

Durante mi ingreso hospitalario tuve tiempo de sobra para pensar. Mi compañero era posiblemente la persona menos habladora que haya conocido en mi vida y la televisión era de pago. Tenía mi móvil conmigo, pero acababa harto del aparato. Los días que pasas en el hospital duran mucho más de 24 horas. Pensé sobre todo en mi esposa, que había pasado todo el proceso de la enfermedad a mi lado, sufriendo como nadie al verme empeorar día a día pero mostrándose fuerte, cargándoselo todo a la espalda para que estuviera lo mejor posible. Su comportamiento de entonces es otra de las cosas por las que le estaré inmensamente agradecido de por vida. Pensé también en mi familia y amigos, en mis compañeros de trabajo. Pensé en aquella gente que se manifestaba porque todo esto que está pasando es un invento, en aquella gente que no respeta la distancia de seguridad ni lleva mascarilla ni usa los geles desinfectantes, en aquellos que gritaban «Libertad» cuales William Wallace en manifestaciones multitudinarias al tiempo que demostraban tener menos inteligencia que las piedras. 

Fui mejorando poco a poco y recuperando las ganas de comer a pesar del menú hospitalario. Por alguna razón me daban una comida sin sal ni azúcar, cuando jamás he tenido problemas de glucosa o hipertensión. Al cuarto día me dijeron que tras haber pasado ya más de 15 días con síntomas no corría riesgo de ser transmisor del virus, que ya mis constantes habían mejorado lo suficiente como para mandarme a casa. De todas formas, debía seguir en aislamiento por 10 días más como medida de seguridad. Estaba absolutamente claro que necesitaban la cama para otro paciente. Me importó muy poco. Celebré la noticia. La celebré mucho. Solo pensaba en que volvería a estar con mi esposa en casa, aunque fuera aislado.

 

Lo peor ya había pasado, pero sí que ha habido alguna secuela. Me sigo cansando mucho cuando hago cualquier actividad, pero también es algo lógico después de haber pasado prácticamente un mes en cama y casi 3 semanas comiendo lo mínimo. El hecho de que eliminaran los inmunosupresores durante el ingreso, aunque fuera necesario, me ha provocado un desorden digestivo importante que todavía no ha empezado siquiera a corregirse. 

La secuela más importante es psicológica. Ya puedo salir a la calle y hacer vida «normal», sin embargo, me cuesta muchísimo salir aunque sea para algo imprescindible. Le tengo mucho más miedo al virus que antes. Sigo controlándome la saturación de oxígeno varias veces al día. Todo el mundo dice que ahora mismo estoy inmunizado, pero eso no me vale. Dentro de lo que cabe, tuve suerte porque no me atacó muy fuerte. También me he dado cuenta de la enorme cantidad de gente que no se toma en serio esta enfermedad. No es una mala gripe, no tiene nada que ver con un resfriado. Es una enfermedad muy grave, y solo podrás pasarla si se dan estas dos circunstancias:

  • Si tu sistema inmunitario es lo suficientemente fuerte.
  • Sobre todo, si la cantidad de virus con la que te infectas no es lo suficientemente grande para matarte. 

Como dije antes, no hay ninguna medicina. Lo más que pueden hacer es ayudarte a respirar mejor e intentar curarte la neumonía asociada. El resto depende única y exclusivamente de lo que acabo de comentar.

 

Para terminar, me permito pedirle a todo el que haya tenido a bien leer el artículo que tome todas las precauciones posibles y se vacune cuanto esté disponible esta posibilidad. Yo lo haré sin dudar un solo instante.

SERIE: PENSAMIENTOS ENCADENADOS IV.

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6 comentarios en “Coronavirus contado en primera persona

  1. Madre mía! Me dejas con piel de gallina. A mí esto del coronavirus me aterroriza desde el principio, pero mi mente busca salidas agradables para no obsesionarme. Me mantengo ocupada, disfruto los pequeños momentos felices y tenemos mucho mucho cuidado. Cada vez que leo, veo u oigo ejemplos de irresponsabilidad ciudadana se me llevan los demonios. Esos cabrones me separan de mi familia cada vez un poco más y nos acercan a todos a un problema de salud que puede derivar incluso en la muerte. Se te ha olvidado hablar de como manipulan a las masas por intereses económicos y que para lis dirigentes sólo somos números en una estadística. Te acuerdas cuando el calor adormecia el virus para animarte a viajar y mover el sector turismo? O cuan los niños eran asintomáticos para que fueran al cile y dejaran a sus padres mover la economía con tranquilidad? Todo esto es una grandisima mierda, pero hay que vivirla de forma serena para no caer en la depresión. Me alegro muchísimo de que te estés recuperando. Cuidare mucho y no te creas eso de que ya eres inmune. Yo ya no me creo nada.

    1. Gracias por el comentario. El artículo está escrito desde una perspectiva puramente personal y no he querido entrar en polémicas. Si nos ponemos, no pararíamos. Además, tampoco quería hacerlo más largo.

  2. Magnifico post!
    Le pedí que lo hiciera por que creo que todos tenemos que concienciarnos de una vez por todas de que este virus MATA, nosotros por ejemplo llevamos desde marzo sin ver a mis yayos, tienen 92 años y preferimos no arriesgar, asi que mi peque no ve a sus bisabuelos desde hace mucho.

    Luego pones la tele y ves a NIÑATOS saliendo de fiesta, botellones, diciendo que les estan quitando la juventud….
    sales a la calle y la gente con la mascarilla puesta en el codo, la nariz fuera, cierran los bares pero compran latas de cerveza y se tiran en el suelo unos cuantos a beber ¿Jovenes? Si, pero tambien no tan jovenes padres en el suelo sin mascarillas, bebiendo cervezas sin mantener la distancia.

    Lo pasaremos, y lo superaremos, pero te das cuenta que aquí la gente no piensa en los demas….
    Una pena.

    Me alegro de tu recuperación.

    1. Ante todo, muchas gracias. Esto es lento pero voy mejorando poco a poco. Como le dije a Dácil, no he querido entrar en polémicas, pero como a ella, no te falta nada de razón. Lo pasaremos y espero que haya cada día más concienciados de la situación, porque así será más sencillo salir adelante.

    2. Gracias por compartir tu experiencia de primera mano, es una alegría poder leerte. Ciertamente es indignante ver la irresponsabilidad de la gente, pero es una consecuencia de esta sociedad de individualistas y egoístas. Necesitamos comunicarnos más y tu texto ayuda a comprenderlo mejor.
      Un fuerte abrazo desde Granada.

      1. Muchas gracias por tu comentario, primo. Solo con que haya ayudado a una persona, estaré feliz por haber escrito este artículo. Ojalá podamos vernos cuando podamos vernos, más pronto que tarde. Un abrazo desde Sevilla.

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